El cine de Kusturica es mágico, he visto la película “Tiempo de gitanos” y me he maravillado, tanto con la historia como con su forma de construirla: las secuencias, la música, las actuaciones. Es una película que en cada momento proyecta identidad y te envuelve en ella: el canto, el baile, las calles, el amor, los perros, el juego, la fiesta, el dolor del pueblo gitano, lo más genial de todo es que habla de esta identidad mezclándola con divertidas y extrañas situaciones: telekinesia, un pavo de mascota, la festividad de San Jorge, y es en esa cuota de realismo mágico, en la capacidad de reírse de la realidad, donde plasma su mayor grado de identidad, tal como gitanos que bailan y cantan al son de sus tragedias.Una mención especial merece la banda sonora, a cargo de Goran Bregovic, también mágica.
A grandes rasgos, la historia gira en torno a un joven llamado Perhan, que vive en un ghetto gitano con su abuela, tío y Danira, su hermana que tiene problemas en la movilidad de una de sus piernas, los ingresos de la familia son escasos tomando en cuenta que provienen de algunos trabajos de sanación que realiza la abuela y de la venta de piedra caliza. En una de esas ventas, Perhan conoce a Azra y se enamora, pero nunca es aceptado como marido por la madre de la chica ya que no tiene nada que ofrecerle. Un día, la abuela realiza un trabajo de sanación al hijo de un mafioso gitano y éste para agradecerle, lleva en uno de sus “viajes de negocios” a la hermana de Perhan a un hospital y promete pagar todos los gastos para su recuperación, en este viaje Perhan deja atrás su vida y al no poder quedarse en el hospital acompañando a Danira, es forzado a empezar una vida criminal en Italia. Recién aquí, en el principio de esta nueva vida de Perhan, la película te lleva por una serie de emociones: la alegría, el desconcierto, la empatía, la nostalgia, la tristeza. El resto, hay que verlo.
Tuve la oportunidad de ver esta película en un ciclo de cine que organiza uno de mis profesores y al que se invita a personas relacionadas con el medio audiovisual a que conversen sobre lo que se ha visto, el invitado fue Ivan Tziboulka, un cineasta y documentalista bulgaro, quien en un momento cedió la palabra a los espectadores para que dijeran que les había parecido y un chico dijo que le había gustado el contraste que podía percibir entre nuestra sociedad y la cultura gitana, como ciertas cosas que para nosotros son extrañas, para ellos son comunes, algo así y debo decir, con todo el respeto que merece su opinión, lo primero que pensé al escucharlo fue que a mí me ocurrió todo lo contrario, lo que me remeció de aquella pieza, fue el sentir que con la gran distancia que hay entre Chile y Yugoslavia, las alegrías y las miserias de los hombres son las mismas: el amor incondicional de una abuela hacía sus nietos, el amor y la pérdida de la inocencia, el ímpetu de la juventud, la complicidad con las mascotas, el tipo inconsciente de su realidad que roba a la familia para sostener sus vicios, los errores, la inseguridad, la crueldad, el dinero, el poder.
Y es que quizás, la marginalidad no es sólo un baremo para medir nuestra situación social, sino una condición inherente a nosotros mismos. Y quizás también, todos en nuestro corazón tenemos algo de gitanos, nómades y errantes.
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