
Cuando se habla del laicismo, pocos saben realmente el qué significa. Unos lo asocian a no creer en ninguna religión, otros a una ideología cercana al ateísmo, agnosticismo, y quizá cuánta cosa más. En concreto, el ser laico va más allá de no creer en algo; busca el respeto de ideas, de consciencia, tolerancia. Y Chile es un Estado laico, pero ¿hasta qué punto nuestro país se puede enmarcar en las ideas del laicismo?
Desde hace ciento setenta y ocho años que Chile lleva una lucha por la separación Iglesia-Estado: la constitución de 1833 (artículo 5º) profesa la libertad de culto; entre 1883 y 1884 se proclaman las Leyes laicas; el artículo 10, 2º de la constitución de 1925 oficializa la separación; y la constitución de 1980 en su artículo 19, 6º ratifica tal separación; y así, el país se enmarca en el seudónimo de Estado Laico.
Es decir, desde 1833 hasta el día de hoy que Chile busca la completa separación de la iglesia, pero todo ese recorrido por una sociedad laica se ve desmoronado cuando el Presidente Piñera, en cadena nacional por la educación, señala: “(...) que favorezca el desarrollo de los talentos que Dios les dio y les permita una vida más plena y feliz”… talentos que DIOS les dio. ¿Y si yo no creo en Dios, entonces no tengo talentos? Es una abstracción extremista, pero que entre Dios, su Dios, en el asunto, no me parece de un Estado laico.
Lo que menos me calza en nuestro Estado laico, es esa tendencia que miembros de distintas iglesias y religiones se ofrezcan como intermediario en asuntos entre un gobierno y la ciudadanía (ejemplo de ello es el problema con los Mapuches, y frente a la educación se pronunciaron desde una iglesia para intermediar). Y lo peor de esto, es que gran parte de la ciudadanía lo acepta, como si fuera esencial la participación religiosa en los temas sociales; a mi modo de ver, a mi modo de comprender una sociedad laica, eso es ser un Estado religioso.
Si estamos en un Estado laico, la educación debiese partir por enseñar ese principio. Así como te pueden enseñar los diez mandamientos y todas esas reglas religiosas, no estaría nada de mal que en la formación básica a un niño se le entregue la herramienta del respeto a la elección. Con eso se evitaría tanto comentario de ‘no entiendo cómo no te puede gustar tal música’,’ eres un idiota (acá va otra palabra, imagínese cual) porque no te gusta tal cosa, no crees en esto y lo otro’ y así un largo etcétera de frases que reflejan intolerancia.
A las finales, pareciera que se adjudica el término laico cuando les conviene, cuando desean entrar en el discurso de ciertas clases, pero no cuando más se necesita: al momento de gobernar. Creo que poco se conoce sobre el ser laico, y si vamos a un colegio municipal de comunas con escasos recursos, estoy seguro que nada saben sobre eso.
Falta de información, manipulación de la información, moldeamiento de la sociedad, etcétera, es lo que puede conllevar la omisión de un Estado laico, que más allá de la religión, es sobre una libre elección y tolerancia frente a ellas. Un Estado laico (en plenitud) genera una sociedad mejor desarrollada en un ámbito de ideas. Pero al parecer va encajando de apoco en una utopía más.
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