Entre cuatro y cinco años que algunos veníamos esperando que Bullet for my Valentine se dieran una vuelta por escenarios sudamericanos; cuatro-cinco años esperando cabecear, moshear, saltar, y gritar al ritmo de los galeses. Todo eso, por fin, se dio el 24 de noviembre en un Teatro Caupolicán sin plateas y con una cancha que pedía más gente.
Los encargados de prender los mosh pits fueron The void, pero llegué cuando ellos ya habían tocado, así que no tengo comentario alguno con eso. La entrada decía a las 21 horas, y puntualmente las luces se apagaban para que los tipos se subieran al escenario. Gritos típicos de la histeria colectiva y la caja de la batería acciona una bomba de tiempo, suena your betrayal y era hora de preparar los gritos. Sin tiempo para gracias y parafernalia, se viene el primer gran mosh de la noche con pleasure and pain. Saludos y presentaciones hacen la primera pausa para anunciar scream aim fire, al mismo tiempo que se anuncia en el Caupolicán que los circle pits no pararían.
Pausa, y se vienen los primeros temas de The poison: all these things i hate (revolve around me),si hubiese sonado en los ’90, sería motivo de sacar encendedores y fósforos, pero en el 2011 se sacan celulares y cámaras; luego 4 words (pa’ ir al choque) trae de vuelta los mosh, gritos y cabeceadas. Hasta ahí, una que otra pifia en el sonido (no de ellos, sino el audio en el teatro), pero nada tan terrible. Otra pausa y se viene Alone, y otros buenos circle pits para bailar. Y si all these things hubiese sacado encendedores, cuando sonó say goodnight parecía que en cualquier momento el Caupolicán le haría la competencia a una jornada cebolladel festival de Viña. Take it out on me se encargó de traer los mosh de vuelta.
Eye of the storm fue como una molotov lanzada al público, y el guanaco de Bullet for my Valentine fue el Solo que se pegó Padge, pero en vez de tirar agua, fue como si echaran bencina al público; begging for mercy fue dedicada a prender al público en lo que quedaba de concierto. Un ole-olépedía de vuelta a la banda a modo de encoreque nadie esperaba a esa hora, el resultado, waking the demon prendiendo el circlepit más grande de la noche; el solo de guitarra fue una explosión en los mosh. Una inminente despedida y dedicación daban inicio a tears don’t fall que daría fin al show en Santiago; emotiva canción que mezcla los encendedores con una botella llena de bencina y un paño como tapa, y que hace combustión cuando el solo y los breaks aparecen.
Unos chaos por acá, botellas para allá, uñetas al aire y baquetas como proyectiles sería lo último de la banda en el escenario. El Caupolicán nunca se llenó y, lo que creo, es por las entradas un poco caras, pero eso es tema de Bts! (producciones). Fueron doce temas, una hora de concierto, ¡terrible poco pa’ lo caro de las entradas! Y, además, nos cagaron con hand of blood. ¿Conclusiones? Gusto a poco, esperando un pronto regreso –un año, y no cuatro-cinco– con un show mínimo de una hora y media-dos horas, y con (casi) todo el público que tienen en estas tierras. De todas maneras, fue el tremendoconcierto.

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