miércoles, 6 de julio de 2011

Polillas

Somos polillas. No es que crea que de pronto el ser humano pueda homologarse a los insectos, ni tampoco lo descarto del todo. “Las polillas son insectos con una capacidad casi nula de memoria” dijo mi padre, explicando por qué una vez que se queman al tocar la luz vuelven a hacerlo una y otra vez. ¿No hacemos acaso lo mismo nosotros?, volvemos a quemarnos una y otra vez buscando la luz.


Sin embargo no se debe a nuestra falta de memoria, más bien se debe a nuestra capacidad de creer, creer que alguna vez no nos va a quemar y que alcanzaremos la dicha en ese instante.

Es así como he llegado a pensar que el creer es la vida y la muerte del ser humano, porque si no creyéramos no podríamos vislumbrar un futuro, y sin embargo creer nos mata, porque siempre esa luz nos va a estar esperando para quemarnos con su ilusorio calor fraternal.

La vida es como una suerte de condena al masoquismo, porque necesitamos del creer para ser felices, de esa cuota de dolor para seguir respirando. De hecho, de la necesidad de creer se agarró el germen de la religión para ser tan importante en la cotidianidad del ser humano, y sin quererlo todos los religiosos se están quemando en este mismo instante, al creer, en las llamas del infierno que tanto evitan, creyendo tocar el paraíso.

Somos polillas, lo asevero con la certeza que tengo que el ser humano gracias a su incompletud y finitud, cree, desea y puede soñar, porque es una falta imborrable. Gracias a esa falta estamos condenados a seguir creyendo que algún día no estará. Gracias a esa falta ese pedazo de carne modelado con huesos se transformó en algo “más elevado”, en un ser proyectado al futuro. De eso se trata, el precio de ser humanos es sufrir para vivir, quemarnos para tocar la luz.

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